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Estos son los últimos especímenes llegados a nuestra redacción

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En las cuencas superiores de los ríos Congo y Zambeze se han recogido desde el siglo XVIII informes ambiguos sobre animales desconocidos que coinciden en describir un ser que recuerda vagame...

Historia:
Los habitantes de Camerún, en la curva occidental de África, continúan hablando de una enorme criatura cuadrúpeda que se parece mucho al brontosaurio en realidad, cuando se les muestra un dibujo de un dinosaurio parecido al brontosaurio y se les pide que lo nombren, dicen indefectiblemente que es un Mokele-Mbembe o MokeleMbembé.
Se le conoce por varios nombres: mbokalemuembe y mbulu-embembe en Camerún, nyamala y amali en Gabón, mokele-mbembe (el que detiene los ríos) en el Congo... En la República Centroafricana recibe diversos nombres: los banziris le llaman songo, los bandas, badigui (diablo acuático); en el distrito de Birao recibe el nombre de guanerú; en Baya se le llama diba.
También el jago-nini del Congo puede ser el mismo animal, aunque, según los nativos, se alimenta de manatíes. En el Zambeze medio, entre Chobe y Kafue, en el suroeste de Zambia, un animal similar recibe el nombre de isiququmadevu: Es más alto que un hombre, tiene cabeza de serpiente, cuello largo y patas de lagarto, y deja un rastro de 1,5 metros de anchura. Incluso en Madagascar se han recogido testimonios semejantes.
Es un animal de 5 a 10 metros de longitud total, con el cuello largo y flexible, de hasta 3 metros de largo. La cabeza es pequeña y serpentina, en algunos casos adornada con una cresta. La cola, larga y musculosa, recuerda a la del cocodrilo. Su piel es lisa, de color marrón grisáceo. El tamaño de su cuerpo es intermedio entre el del hipopótamo y el del elefante. Posee un sólo diente, o cuerno, bastante largo, en el extremo de la cabeza.
Sus huellas se parecen a las del hipopótamo, aunque son mayores y palmeadas; según algunos exploradores, son circulares, del tamaño de una sartén, con tres dedos. Se cuenta que en una ocasión un grupo de pigmeos consiguió matar un mokele-mbembe y que todos los que comieron su carne murieron.
En 1980, la expedición al río Likouala-aux-Herbes, en la República del Congo, de los zoólogos James Powell y Roy P. Mackal fotografió una pista abierta en la vegetación por un animal acuático (comenzaba y terminaba en el río) de unos dos metros de alto, que aparentemente arrastraba una pesada cola. En 1993, Rory Nugent fotografió un objeto acuático en el lago Télé, también en la República del Congo.
Se conocen algunas pesas de los asantes (Ghana), usadas para pesar el oro, que tienen forma de dinosaurio saurópodo.
Finalmente, en la puerta de Istar en Babilonia se encuentra lo que puede ser la representación más antigua del mokele-mbembe. La puerta está decorada con tres tipos de animales: uros, leones (ambos animales reales, conocidos por los babilonios) y sirrush, unos cuadrúpedos escamosos de cuello largo, cabeza de serpiente con un cuerno y una melena corta, lengua bífida, patas delanteras de león y traseras de águila. Y se sabe que los babilonios estuvieron en África Central, o tuvieron contacto indirecto con ella: Existe un bajorrelieve babilonio que representa a unos pigmeos con un okapi.
Para conocer si hay algo de verdad en los relatos de nativos y exploradores, se han realizado multitud de expediciones a las zonas donde se han producido la mayoría de los testimonios. En 1982, el doctor Roy Mackal, de la Universidad de Chicago, organizó una exploración de la zona norte del lago Likusia, en la República Popular del Congo. Desde esta región pantanosa habían llegado multitud de noticias sobre este animal desconocido por la ciencia. Durante varias semanas, el grupo de científicos recorrió esta extensa zona apenas hollada por el hombre blanco recogiendo decenas de testimonios de los nativos. Finalmente los científicos encontraron las huellas de un animal desconocido pero de tamaño superior, sin duda, al de un elefante.
Otra expedición, en esta ocasión de científicos de la universidad de Brazzaville: repitió pocos meses después el intento de encontrar esa bestia misteriosa que se dice habita en las apartadas marismas. En esta ocasión, los científicos tuvieron más suerte. El biólogo Marcellín Agnagna y su equipo se encontraron frente a frente con ese animal. Se trataba de una especie con aspecto distinto a cualquier otra conocida hoy día, y con una morfología muy similar a la de un gran dinosaurio saurópodo, que, como si proviniese de una máquina del tiempo, parecía surgido del Mesozoico, período del secundario en que los grandes saurios dominaban la Tierra.
Por desgracia, tampoco en esta ocasión fue posible obtener la prueba definitiva para demostrar al mundo entero la existencia de este fósil viviente, conseguir la captura de un ejemplar. La complicada orografía, el intrincado laberinto de pantanos y ríos que se entrecruzan, es sin duda uno de los principales garantes del anonimato de los que tal vez pueden ser los últimos dinosaurios sobre nuestro planeta. Otras expediciones que se han realizado a la zona, tampoco han sido jalonadas por el éxito.

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